miércoles, 6 de agosto de 2014

ATENEO DE LA JUVENTUD





1. EL ATENEO DE LA JUVENTUD
 
En el presente trabajo se analiza el humanismo del Ateneo de la Juventud
entre 1906 y 1924. Se toman estos años porque en 1906 se delinea con más
precisión el grupo; si bien es cierto que algunos de sus integrantes como Efrén
Rebolledo, Rafael López y Pedro Henríquez Ureña, por mencionar algunos, participan
ya en la Revista Moderna, también cabe notar que es en Savia Moderna —antecedente
inmediato— donde hay más colaboradores que participarán en el Ateneo.
Igualmente, aparecen temas que concuerdan más con la ideología de dicho grupo, y
existe la conciencia del intelectual sobre la situación del país —como se verá posteriormente—.
El programa cultural del Ateneo se consolida con la obra educativa
de José Vasconcelos: primero como rector de la Universidad en 1920, después como
secretario de Educación Pública en 1921. En 1924 se consolida la obra vasconcelista
pues se lleva la cultura al pueblo y disminuye considerablemente el analfabetismo.
De los años mencionados, se toma en cuenta especialmente la obra siguiente:
Revista Moderna, Savia Moderna, Pasado inmediato de Alfonso Reyes y conferencias
del Ateneo.
El Ateneo surge durante el régimen de Porfirio Díaz, etapa en la cual hay un
gran descontento de la mayoría de los mexicanos, pues paradójicamente se habla
de progreso nacional pero se da preeminencia al aspecto económico por encima de
lo humano, pues la base social vive en condiciones paupérrimas; el postulado del
progreso es enteramente elitista. La ideología dominante en el ámbito cultural es el
positivismo de la filosofía del francés Augusto Comte, trasplantado por Gabino
Barreda en 1867, para quien “todos los derechos del hombre pueden reducirse a los
que todo hombre tiene de vivir y procurarse su desarrollo y bienestar”.

 el anhelado bienestar es indispensable el orden. Barreda introduce un cambio en la
premisa comtiana de “amor, orden y progreso” por la de “libertad, orden y progreso”:
La libertad sí, para vencer al espíritu del retroceso, para triunfar sobre las
fuerzas negativas; pero una vez alcanzado el triunfo es menester pasar a una
etapa constructiva, esa etapa que permita el progreso, entendido éste en un sentido
material, como ese confort que han alcanzado los grandes países que la
encarnan. Y este progreso material no podrá alcanzarse por otra vía que la del
orden.2
La meta social principal de la ideología positivista es el progreso material
mediante el orden. En el aspecto educativo “el conocimiento apoyado en la ciencia
promovería la uniformidad mental y el orden social”.3 El positivismo soslaya el
ejercicio de las libertades por las cuales el liberalismo había luchado y trata de
formar hombres prácticos capaces de transformar el país desde el punto de vista
material, por encima de ideologías individuales y de humanismos que considera
caducos.
En 1891 se añade la materia de Historia Nacional en el programa de estudios
de la Preparatoria, bajo la luz de las etapas del positivismo; simultáneamente, se
disminuye la enseñanza de la Metafísica y de las áreas no racionalistas, opuestas al
cientificismo positivista, como fue el caso de las humanidades. Debido a ello la
cultura de esta época se encuentra restringida, subordinada “al progreso y a la ciencia”.
No es casual el título del mural Triunfos de la ciencia y el trabajo sobre la
envidia y la ignorancia que encargó Gabino Barreda al pintor Juan Cordero para la
escalera principal de la Preparatoria. El arte es reducido a lo práctico, como una
expresión del utilitarismo positivista, no como lo que debe ser: una expresión de la
sensibilidad y del espíritu. Barreda encasilla el arte al apego del progreso y la ciencia,
ésa es la única opción válida para el buen arte.
La misión del poeta y del artista debe ser sobre todo precursora, debe siempre
guiar por medio del sentimiento y guiar forzosamente hacia adelante... El
progreso no es sino la continua aproximación a un ideal; el arte se propone
sensibilizar este ideal para hacer su atractivo más eficaz. Todo asunto que sea
contrario a los progresos espontáneos de la época debe abandonarse como incapaz
de inspirar al artista y como estéril para el mejoramiento social.4
Frente a la deteriorada situación social y la inflexible concepción cultural del
porfiriato, las nuevas generaciones de finales del siglo XIX y principios del siglo
 XX se inclinan hacia un sentido crítico del mundo. Políticos e intelectuales desde
sus respectivos campos de acción se manifiestan en contra de la ideología del régimen
imperante.
En el aspecto social hubo movimientos precursores de la revolución de 1910.
En 1899 se funda en San Luis Potosí el Círculo Liberal “Ponciano Arriaga”, y en
1910 la Confederación de Círculos Liberales, que acusaron al gobierno de Díaz de
apartarse de los principios liberales, así como de la Constitución de 1857.
Enrique y Ricardo Flores Magón, Santiago de la Hoz, Alfonso Cravioto, entre
otros, expresan su inconformidad contra el gobierno en los periódicos: Regeneración
y El hijo del ahuizote. La fracción magonista es la primera que se levanta
abiertamente contra Díaz; funda el Partido Liberal Mexicano en San Luis Missouri
en 1904 al tiempo que edita Regeneración, donde proclama la revolución, convoca
a la lucha armada con el objeto de lograr el derrocamiento de Porfirio Díaz.
Nuestro programa es el mismo que hemos sustentado siempre. Atacaremos
al General Díaz porque él es el primer responsable de las desgracias de los
mexicanos, y porque personifica la tiranía más sangrienta, más fatídica que ha
pesado sobre las desventuras de la Patria.5
Como se puede apreciar, paulatinamente van surgiendo brotes de inconformidad;
los intelectuales desempeñan un papel importante en la conciencia nacional,
en contra de la opresión y las limitaciones humanistas que imponía el porfiriato.
En el aspecto cultural, los intelectuales toman como modelo al humanismo
europeo, prefieren la poesía moderna en su sentido más amplio, no sólo modernista,
pues es crítica ante la Edad Moderna, como propiciadora del desarraigo, la angustia
y la deshumanización. Ante este panorama, el Modernismo rescata la posición del
arte y su artífice; logra la intersección de tiempos y culturas remotas. Los poetas
latinoamericanos modernistas pueden valorar mejor lo propio por el conocimiento
que tienen de otras culturas, pero también ese conocimiento les permite cuestionar
su entorno.
El Modernismo es además de una estética, una actitud, una liberación de cánones
poéticos y vitales; además una manifestación crítica ante el mundo como un
legado del Romanticismo.
En Latinoamérica el Modernismo surgió al menos tanto de un deseo de
encontrar en el arte una liberación de la tensión producida por el estado mental,
como de un simple deseo de regenerar el medio de expresión poética. No es sólo
una sórdida y poco poética realidad, como se suele afirmar a veces, que los
modernistas buscaban escapa la del fracaso de aquellas creencias absolutas, religiosas o racionales, en las interpretaciones de la realidad.


LOS TEMAS PRINCIPALES DEL ATENEO
2.1. El pasado
“La historia que acaba de pasar es siempre la menos apreciada”, dice Alfonso Reyes (Conferencias, 187). Especialmente en el caso de los ateneístas esta tesis es correcta. Se oponen a este “pasado inmediato”, tanto a nivel político (antiporfirista) como a nivel filosófico (antipositivista). En cambio, se inclinan por el pasado lejano: Sor Juana, Don Juan Ruiz de Alarcón, el Siglo de Oro en España, Dante, Shakespeare y Goethe, y, muy en particular, el pasado griego. La metodología establecida por Henríquez Ureña para llegar a la perfección del hombre se funda totalmente en el pensamiento helénico. El dominicano ilustra esta pasión por Grecia relatando cómo pasaron una noche discutiendo el Banquete de Platón (Conferencias, 157-166). El ideal grecolatino se patentiza gráficamente en las obras artísticas (dibujos, pinturas y esculturas) que se incluyen como ilustraciones en Savia Moderna. Otros campos en los que se manifiesta la admiración por la cultura grecolatina son la filosofía y la poesía. Muchos poemas publicados por Savia Moderna y Nosotros contienen metáforas e imágenes clásicas, como por ejemplo el poema “Ojos antiguos” de Rafael López (Savia Moderna, 143-144).
2.2. El afán de estudio y enciclopedismo
Cuando en una sociedad cuya enseñanza no favorece la reflexión sobre la cultura, algunos jóvenes se reúnen para discutir sus lecturas, vale mucho la pena recordar este suceso. En México es la primera vez que un grupo de intelectuales se organiza, curiosamente incitados por el mero deseo del estudio. Se trata por supuesto de una minoría selecta, pero esto no les quita importancia a estas reuniones. Los ateneístas quieren alcanzar un alto grado de conocimiento, o más bien sabiduría, por medio de la lectura de los más grandes pensadores occidentales. Esto requiere disciplina y perseverancia en el estudio y todos dan prueba de poseer éstas. Con sentido crítico y sometiéndose a un método rígido, abordan el análisis de los diferentes autores. Los maestros del positivismo, Comte y Spencer, son sustituidos por Schopenhauer, Kant, Boutroux, Bergson, Poincaré, William James, Wundt, Nietzsche, Schiller, Lessing, Ruskin, Wilde, Menéndez Pelayo, Croce y Hegel (Conferencias, 10). Con este enciclopedismo no sólo aspiran a su formación personal, sino sobre todo a la enseñanza. Leen para comunicar sus lecturas. Esto explica la creación de la Sociedad de Conferencias en la que exponen sus ideas e incitan a las discusiones.
2.3. La aspiración didáctica
Los ateneístas van más allá de la comunicación de sus lecturas en conferencias. Son didácticos y se dedican de un modo extraordinario a la educación del pueblo, o más bien a la formación de ciudadanos. Muchos de los ateneístas son maestros y en 1912 fundan la Universidad Popular Mexicana (Conferencias, 23). Sobre esta universidad, Vicente Lombardo Toledano apunta: “La Universidad Popular prosiguió su noble tarea de difundir la cultura y de trabajar por un México de fisonomía propia.” (Conferencias, 178). Estimulan la difusión de la cultura hasta en las capas más bajas de la sociedad. La cultura no puede ser limitada a un grupo reducido de una élite sino que el “vulgo”, como suelen llamar a veces al pueblo, tiene derecho a participar en ella. Lombardo Toledano relaciona este punto de vista con la Revolución Mexicana: “La significación histórica de la Revolución Mexicana consiste en la exaltación del paria, la elevación del campesino, la dignificación del obrero” (Conferencias, 170). Henríquez Ureña, por su parte, establece todo un programa de estudios de literatura. Hay que recordar que en el México de principios del siglo XX, el nivel de enseñanza era muy bajo. Los ateneístas querían contribuir efectivamente a la renovación de los sistemas de educación pública. Cabe añadir todavía que el deseo de instruir a los demás no sólo se revela en sus clases, sino también en las obras mismas. Alfonso Reyes, por ejemplo, en Visión de Anáhuac, se manifiesta como un auténtico educador.
2.4. El nacionalismo y el universalismo
La dicotomía nacionalismo-universalismo no causa profundos conflictos entre los ateneístas. Encontramos tanto la una como la otra corriente. Ambas perspectivas parecen coexistir sin contradecirse. Cuando los ateneístas reclaman la elevación del pueblo a la cultura, se refieren primordialmente a la cultura nacional, mexicana. Según ellos, las respuestas a la búsqueda de la identidad mexicana se hallan en el pasado. Desde esta perspectiva, José Escofet redacta un ensayo sobre Sor Juana Inés de la Cruz (Conferencias, 83-96). La lectura de Sor Juana contribuye a la formación cultural en general y Escofet hace sobre todo hincapié en el carácter nacional de la gran poetisa mexicana. Para Alfonso Reyes parece que las raíces de la cultura nacional tienen que ser exhumadas del pasado precolombino. En su evocación de este mundo asombroso de Anáhuac fortifica la conciencia del ser mexicano. También José Vasconcelos emprende la lucha por el reconocimiento necesario de la identidad nacional:
Continuemos, mientras tanto, la defensa de los escasos progresos ya conquistados, la construcción de lo que puede llegar a ser un carácter nacional, un perfil definido, quizá un principio de creación del ser mental que está por integrarse realizando la expresión de nuestra raza durante tanto tiempo muda […]. (Conferencias, 138)
Este énfasis en el fondo mexicano no emana de un patriotismo fanático. Hasta el mismo Henríquez Ureña, de origen dominicano, subraya la importancia de la Revolución Mexicana para la transformación espiritual del pueblo: “Sobre la tristeza antigua, tradicional, sobre la ‘vieja lágrima’ de las gentes del pueblo mexicano ha comenzado a brillar una luz de esperanza” (Conferencias, 156). En parte por su participación en el Ateneo, el nacionalismo mexicano se extiende a un hispanoamericanismo, igualmente defendido por Vasconcelos.
También en el campo artístico se revela el creciente interés por lo nacional. Una exposición mexicana en París en 1906 es para Savia Moderna la prueba de que la educación artística en México ha hecho “enormes progresos” (Savia Moderna, 127). Otra manifestación de lo nacional se observa en los homenajes a los héroes nacionales. Benito Juárez es indudablemente el modelo por excelencia: en su persona se unen el reconocimiento de la cultura indígena, el poder político, la importancia de los estudios etc. La historia nacional obtiene así un carácter más personal gracias a la presencia de unos individuos muy respetados. Estos a veces terminan siendo objeto de idealización como en el texto de Manuel Gutiérrez Nájera sobre Juárez (Savia Moderna, 22-25).
El universalismo de los ateneístas no contradice en absoluto su nacionalismo. Tal vez sea por sus lecturas de autores extranjeros que los ateneístas llegan a tener una visión más amplia de la realidad. Esto se ve en su interés por las esculturas de Rodin, la literatura de Unamuno, Machado u Oscar Wilde… Aquí tal vez sea más apropiado hablar de un cosmopolitismo, típico también de los modernistas. De Henríquez Ureña podemos decir que se integra a un auténtico universalismo. En su ensayo “La cultura de las humanidades” se revela su competencia de traspasar fronteras, movido por el ideal humanista (Conferencias, 157-166). También Vasconcelos ha insistido en la necesidad de observar la humanidad en su totalidad, una visión que llega a un clímax en su Raza cósmica.
2.5. El humanismo
Como ya sugerimos anteriormente, el universalismo de los ateneístas corre parejo con el humanismo, que en aquella época parece ser la única alternativa posible frente al positivismo que despreciaba la subjetividad en la cultura y el arte. En su ensayo “La filosofía de la intuición”, Antonio Caso pretende que cada sistema filosófico corresponde al humanismo, tanto intelectualista como anti-intelectualista: “La verdad fundamental de toda filosofía es una verdad antropológica” (Nosotros, 549). Concibe al hombre al mismo tiempo como ser racional y sentimental. También Henríquez Ureña se inspira en el humanismo, basado en el ideal griego y determinado por el anhelo de perfección. Otro texto que cuadra bien en este marco es “Cristo” de Oscar Wilde (Savia Moderna, 95). Cristo es poeta, creador, y sobre todo hombre, a pesar de ser Dios. Para Reyes, por fin, el humanismo más sincero se encuentra en el vulgo: “El plebeyo es el hombre desnudo; representa la existencia humana en su crudo aspecto de problema, de asombro, de guerra y de símbolo confuso” (Nosotros, 444).
2.6. El antipositivismo
Uno de los grandes méritos del Ateneo de la Juventud consiste sin duda en haber cuestionado el positivismo, tanto como corriente filosófica, como en su aplicación a la enseñanza, la ciencia y la política. Aunque todos los ateneístas fueron formados en el positivismo, y a pesar de su admiración por el maestro Gabino Barreda quien introdujo el positivismo en México, abandonan esta corriente, simplemente porque va en contra de la cultura y del humanismo. Para los nuevos intelectuales del Ateneo, el empirismo y la objetividad de la ciencia pierden prestigio. En la filosofía es sobre todo Antonio Caso quien cuestiona el método positivista, mientras que en la enseñanza es Alfonso Reyes quien más muestra su escepticismo. Refiriéndose a su propia generación Reyes dice: “El positivismo mexicano se había convertido en rutina pedagógica y perdía crédito a nuestros ojos. Nuevos vientos nos llegaban de Europa” (Conferencias, 201). La batalla filosófica contra el positivismo provoca una verdadera revolución en las ideas en México, que va paralela con la revolución política, puesto que el positivismo constituía la filosofía justificadora del porfiriato y que fue ejecutada por los científicos, formados en las escuelas técnicas e industriales.


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