3. LA IDEOLOGÍA POLÍTICA DEL ATENEO
La protesta de la nueva generación no sólo se dirigió
contra el sistema filosófico anterior, el positivismo, sino también
contra la política que se apoyaba en esta filosofía, a saber, el
porfiriato. Lombardo Toledano comenta que uno de los problemas
fundamentales de la Revolución Mexicana era que faltaban precursores
ideológicos: “Es cierto que no tuvimos, por desgracia, un grupo de
hombres superiores que preparan debidamente la revolución. Es verdad que
carecimos de exponentes de genio que hicieran patente la necesidad del
cambio social” (Conferencias, 171). La siguiente observación de
Alfonso Reyes apunta en la misma dirección: “La Revolución Mexicana
brotó de un impulso mucho más que de una idea. No fue planeada. No es la
aplicación de un cuadro de principios, sino un crecimiento natural” (Conferencias,
189). El trabajo de los ateneístas puede ser visto como un intento de
llenar este vacío ideológico. Estaban muy conscientes de que al derrocar
una dictadura no se obtenía automáticamente una nueva sociedad.
La crítica al porfirismo es omnipresente en los
textos de la generación del Ateneo. Alfonso Reyes, por ejemplo, es
implacable cuando se refiere a la sucesión de Porfirio Díaz: “El
dictador tenía celos de sus propias criaturas y las devoraba como
Saturno, conforme las iba proponiendo a la aceptación del sentir
público” (Conferencias, 188). Los ateneístas no sólo expresan su
descontento con el régimen dictatorial a través de sus textos, sino que
algunos participan activamente en la Revolución al juntarse a los
movimientos revolucionarios. Es el caso, por ejemplo, de José
Vasconcelos y Martín Luis Guzmán. Sin embargo, para algunos ateneístas,
en particular Antonio Caso, la situación se revela más compleja: su
crítica no sólo se dirige contra el dictador Porfirio Díaz, sino también
contra el caos y la nueva tiranía de la Revolución Mexicana. Al
defender la tesis de Hostos sobre el orden y la armonía en el universo,
Caso critica de una manera velada el desorden y el caos causados por la
Revolución (Conferencias, 29-40). Caso parece ser el único que no
se opone explícitamente a la dictadura de Díaz. Así que Vasconcelos
termina por escribir sobre Caso: “Se proclamaba, más que nunca,
porfirista” (Conferencias, 146). Queda claro que lo que critica
Caso es el sistema dictatorial en sí, en general, sin mencionar nombres.
Incluso, lo hace de una manera indirecta, citando a Hamlet: “Una
grande actividad de pasiones, aguijoneada por una voluntad, eso es el
crimen. Los unos lo cometen en sí mismos: son suicidas. […]. Los otros
lo cometen en un pueblo, y son tiranos, déspotas y autócratas” (Hamlet citado en Caso, Conferencias, 35). Es exactamente la misma crítica la que vuelve a aparecer en la novela La sombra del caudillo,
de Martín Luis Guzmán, publicada en 1929. Para Guzmán, los
revolucionarios no son héroes, sino que a su vez manifiestan rasgos
dictatoriales. La represión y la violencia dominan la vida política al
igual que bajo la dictadura de Porfirio Díaz. En otras palabras, los
nuevos presidentes, Obregón y Calles, gobiernan según Guzmán como nuevos
“dictadores” (Guzmán 1990). Finalmente, las diferentes posiciones
políticas dentro del Ateneo de la Juventud serán la causa de una
dispersión del grupo. Así también lo explica Álvaro Matute: “en una
esquina, maderistas de la talla de Vasconcelos y Luis Cabrera, en la
otra, antimaderistas tan destacados como García Naranjo y Lozano”
(Matute 1983: 19).
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